Viernes 23 de diciembre de 2011 | Por Mario Eduardo Cohen | Para LA NACION
Celebrar implica compartir con nuestros semejantes. Raramente se puede celebrar en soledad. Las reuniones de celebración generalmente unen a los amigos y a la familia, generan alegría grupal y se expresan buenos deseos hacia los que nos acompañan. Al respecto, este año el calendario parece querer darnos un mensaje de convivencia. Los judíos nos encontramos en la semana de la Festividad de las Luminarias (o Janucá) y los católicos y varias iglesias protestantes están a punto de entrar en las celebraciones mayores de la cristiandad: la Navidad y el Año Nuevo. Al anochecer del 24, al tiempo que los judíos encenderemos cinco luminarias del candelabro, los católicos iluminarán el árbol de Navidad hogareño. Ambas festividades tienen aspectos comunes.
Para la celebración de la festividad de Janucá, en estos días pueden verse gigantescos candelabros (de ocho brazos y uno adicional) en plazas de varias ciudades argentinas y en ciudades de 65 países. También, en lugares tan insólitos como el Cuzco o el Tíbet; un dato curioso: hubo encendidos de luminarias en el espacio exterior, cuando se hizo la ceremonia en el transbordador Challenger. Si bien Janucá data de hace más de dos milenios, las ceremonias públicas masivas son una creación de las últimas décadas.
Literalmente, Janucá significa «inauguración», «consagración» y recuerda un hecho ocurrido hace exactamente 2176 años: la histórica victoria de los macabeos contra el terrible rey grecosirio Antíoco Epífanes, que quería imponer el politeísmo.
La palabra hebrea Janucá tiene las mismas consonantes que jinuj (educación, en hebreo), porque la resistencia a la opresión debe también ser transmitida a través de la enseñanza a las nuevas generaciones. Janucá representa la lucha por mantener los propios valores en este mundo globalizado, que bajo la apariencia de pluralismo a menudo nos exige la uniformidad.
Según los investigadores, las dos festividades guardan similitudes en la forma de la celebración: la principal es la época del año en que se celebran, ambas están asociadas al número 25 (Janucá comienza el 25 del mes hebreo de Kislev y Navidad es el 25 de diciembre); los ocho días de duración de la hebrea y otros tantos de separación entre la Nochebuena y el Año Nuevo cristianos; el carácter de reunión familiar, los regalos para los más pequeños, la sugerencia de mostrar el símbolo de la festividad en lugar visible para que los demás lo puedan ver y, por sobre todos los detalles, la importancia otorgada al elemento luz. Debe tenerse en cuenta que estas festividades tuvieron su origen en el invierno del hemisferio norte, donde las noches son, en esta época, las más largas del año y la luz adquiere un significado difícil de entender en nuestros días de energía eléctrica.
Dice la tradición judaica que un haz de luz tiene el poder de disipar una enorme oscuridad. Los sucesos del Génesis hablan de la primera creación después de los cielos y la Tierra: la luz. Los cabalistas señalan que la palabra «luz» ( or ) es la 25» palabra de la Biblia (número asociado a la Janucá). Asimismo, en la visión profética la luz adquiere un carácter idealizado; de este modo, «la luz del sol será septuplicada como la luz de siete días» (Isaías XXX, 26). Y, de acuerdo con la Kabalá hebrea, el hombre guarda en sí una chispa de luz divina. Se podría decir que el mal continúa cuando somos apáticos y no hacemos un esfuerzo por iluminar el camino de nuestros semejantes.
Las celebraciones judías y cristianas de este mes de diciembre transmiten un mensaje: buscar lo mejor de nosotros mismos, hallar una feliz convivencia y mayor compromiso con el prójimo. ¡Felices celebraciones! © La Nacion
El autor es presidente del Centro ?de Investigación y Difusión de la Cultura Sefardí
Celebrar una feliz convivencia
23/Dic/2011
La Nación, Mario Eduardo Cohen